Si la huella morisca puede rastrearse en casi todos los pueblos de la provincia de Málaga, en Frigiliana esa huella deja de ser tal para convertirse en algo que aún hoy define a este pueblo y es su mayor seña de identidad. Aunque en la localidad existen algunos monumentos históricos de interés, es el pueblo en sí mismo, sobre todo su casco antiguo o Barrio Alto (también conocido entre los lugareños como Barribarto) lo que despierta mayor interés entre los visitantes. El pueblo se extiende montaña abajo a partir de su antigua fortaleza, el castillo de Lizar, conformando un laberinto de calles y plazuelas que se entrecruzan sin un aparente orden, y es en esa arbitrariedad urbanística donde reside el encanto de esta singular villa.

Habitada desde los tiempos prehistóricos, Frigiliana, como tantos otros pueblos malagueños, se perfila como núcleo urbano propiamente dicho bajo la dominación árabe, y toma un especial protagonismo a lo largo del período en que se sucedieron las revueltas moriscas contra el orden establecido por los cristianos de viejo cuño. Aunque convertidos a la nueva fe, los moriscos vieron cómo poco a poco iban siendo despojados de sus tierras y de sus costumbres, hasta que se aliaron en grupos para conseguir al menos los mismos derechos que tenían los recién llegados castellanos.
Como consecuencia de la represión cristiana, cientos de moriscos de otras zonas fueron congregándose en la fortaleza del Peñón de Frigiliana para hacerse fuertes frente a las amenazantes tropas que los perseguían por doquier, ya que el mencionado enclave era en cierto modo inexpugnable. El lugar fue cercado por las tropas cristianas, mandadas a la sazón por el corregidor de Málaga y Vélez, Arévalo de Suazo. Al contingente del corregidor se le unieron doce compañías de infantería que desembarcaron en las playas veleñas.
Las primeras incursiones cristianas resultaron desastrosas y causaron numerosas víctimas en el ejército, pero finalmente el Peñón de Frigiliana fue asaltado y pasó a manos castellanas tras una cruenta lucha que las crónicas de la época recogen con todo detalle. Según esos relatos, de los 4.000 moriscos que se habían refugiado en la fortaleza murieron más de 2.000, y algunas mujeres, que habían peleado codo con codo con los hombres, prefirieron despeñarse con sus hijos antes de caer en manos cristianas. Algunos tuvieron la posibilidad de huir hacia las Alpujarras granadinas, pero, malheridos como iban, perecieron por el camino.
Esta desgarrada crónica está recogida, en formato de romance de ciego, en doce murales de cerámica realizados por Amparo Ruiz de Luna y que jalonan parte de las principales calles del pueblo, de manera que el visitante, a la vez que se impregna de un tipismo sin artificios, va conociendo uno de los hechos históricos más importantes acaecidos en la localidad.
Tras un recorrido por el pueblo, que debido a los grandes desniveles en el casco urbano ofrece unas impresionantes vistas panorámicas de las sierras de Tejeda y Almijara y el mar, el visitante puede degustar una sabrosa gastronomía autóctona con el acompañamiento de un buen vino dulce de la tierra. Tanto en el casco morisco –el mejor conservado de Andalucía para mucha gente- como en las zonas adyacentes hay numerosos establecimientos de restauración en los que poder reponer fuerzas mientras se disfruta de unos bellísimos paisajes.
Hay que tomar la autovía del Mediterráneo (A-7; N-340) dirección Motril, y poco antes de llegar a Nerja, adentrarse en la MA-105, que desemboca directamente en Frigiliana.