La relación del hombre con el toro era evidente ya en la prehistoria, como queda demostrado en las numerosas representaciones de este hermoso animal en tantas cuevas. El toro también es citado en distintos pasajes de la Biblia y, como no podía ser menos, en las mitologías egipcia y griega. Se sabe que en Tesalia (Grecia), tenían lugar las taurocatapsias, unas fiestas en la que los jinetes corrían tras los toros hasta cansarlos. Luego, los cogían por las defensas y los derribaban, torciéndoles el cuello. Este fue el espectáculo -según narra el naturalista Plinio- que Julio César llevó al circo romano un siglo antes de la Era Cristiana.
En España, un país por el que han transitado todas las antiguas culturas mediterráneas, la figura del toro toma un especial protagonismo y hace de este animal todo un símbolo, hasta fraguar, ya en la Edad Moderna, en la gran fiesta española por antonomasia. La ‘fiesta nacional’, es decir, la corrida de toros, elevada por algunos a la categoría de arte, empieza a configurarse entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, pero el toreo a pie surge cuando la nobleza imita los gustos versallescos de Felipe V de Borbón (1700-1746) y abandona las plazas y el toreo a caballo. Es entonces cuando el pueblo llano recoge el testigo y hace suya la fiesta. En Andalucía, los toros tienen una especial incidencia, y Málaga es una de las provincias en las que el espectáculo taurino arraiga fuertemente al ser la cuna de una de las más famosas escuelas taurinas de España, la de Ronda, de donde han surgido insignes matadores.
A partir de la aparición en el siglo XVIII de las tres figuras fundamentales del toreo, los sevillanos Pepe Hillo y Costillares y el rondeño Pedro Romero, este vibrante espectáculo no ha perdido un ápice de interés y continúa emocionando a miles de espectadores que acuden a las plazas a vitorear a los diestros de su predilección.
Todas las ciudades españolas y prácticamente todos los pueblos, incluso algunos de muy pocos habitantes, tienen su plaza de toros. En Andalucía hay tal profusión de ellas que es imposible enumerarlas, y casi lo mismo ocurre en la provincia de Málaga, en la que, con luz propia, brilla la Real Maestranza de Ronda, inaugurada en 1785 por dos de las más grandes figuras de la historia del toreo: Pepe Hillo y Pedro Romero. Realizada en piedra, en estilo neoclásico, y con un ruedo de 66 metros de diámetro (el más grande de España), esta plaza, con capacidad para 6.000 espectadores, está considerada entre las más bellas del país. A primeros de septiembre se celebra en este coso la famosa corrida Goyesca, denominada así porque no sólo los toreros sino también parte del público, se atavían a la usanza del siglo XIX y con ropajes similares a los que Goya estampó en su obra. Esta corrida es todo un acontecimiento artístico, pues en ella participan las primeras figuras del momento; y social, ya que vienen gentes de todos sitios a presenciar el espectáculo.
En la provincia de Málaga hay 16 plazas de toros, todas ellas construidas entre los siglos XIX y XX, salvo la de Ronda, que fue inaugurada, como ya se ha dicho, en el XVIII. Por orden de antigüedad, la segunda plaza de la provincia es la de Antequera, de 1848, construida con mampostería, ladrillo y madera. Su equilibrada arquitectura llama la atención por la sencillez de líneas y su fuerte carácter andaluz. Tiene capacidad para 8.300 espectadores. La de la Malagueta, en la capital de la Costa del Sol, es la más grande de la provincia, con un aforo para 14.000 espectadores. Su exterior es un polígono regular de 16 lados y el ruedo mide 52 metros de diámetro. Fue inaugurada en 1876 y se ubica en el Paseo de Reding, una de las zonas residenciales de la ciudad y próxima al casco histórico.