La proyección internacional de la franja litoral de la provincia de Málaga, es decir, la Costa del Sol, ha ejercido tal protagonismo desde su implantación como destino turístico de primer orden que durante tiempo ha venido, si no ocultando, sí dejando en un segundo plano la inabarcable riqueza, paisajística sobre todo, de los pueblos del interior. Pero, sin haber descendido un ápice el interés por el turismo de sol y playa, esos pueblos del interior han ido incorporándose paulatinamente a la oferta turística en general hasta convertirse en un complemento casi insustituible del gran reclamo que es el segmento de sol y playa.

La diversidad orográfica de la provincia de Málaga –hay quien no duda en compararla a un pequeño continente- ha posibilitado la existencia de paisajes muy diferentes entre sí, algunos de tan extraordinario valor medioambiental que han merecido el reconocimiento y la protección no sólo de la Administración española sino también de organismos internacionales. Y en esos excepcionales paisajes se sitúan muchos pueblos cuyo pintoresquismo viene llamando la atención desde hace años a un número de visitantes cada vez mayor.
Conviene señalar, además, que los pueblos del interior, especialmente los que son cabeceras de comarca, concentran un legado histórico artístico de suma importancia, y esto, unido al enclave natural donde se ubican, aumenta su atractivo a ojos del visitante, que ya suele programar de antemano alguna excursión fuera del entorno de la costa, en el caso de los que no optan directamente por alguna de las localidades no costeras.
Prácticamente todo el interior de la provincia de Málaga ha sido objeto de una especial atención medioambiental que ha derivado en una escrupulosa conservación de la naturaleza, y eso no ha pasado desapercibido a la industria turística, la cual, con un modelo muy diferente del que se ha empleado en la costa, ha ido creando una infraestructura extremadamente respetuosa con el entorno y dirigida a un turismo que prefiere el contacto directo con la naturaleza o, simplemente, alejarse del habitual ajetreo de las zonas más bulliciosas.
En todas las comarcas que conforman el interior de la provincia de Málaga existen ya confortables hoteles, generalmente de mediana y pequeña capacidad, ubicados en lugares estratégicos en los que el paisaje es el elemento fundamental. Bastantes de esos hoteles no son sino antiguos cortijos o grandes caserones convenientemente rehabilitados y en los que se ofrece al cliente un trato muy personalizado, y también son numerosas las casas rurales que han sido transformadas en cómodas viviendas perfectamente adaptadas a las necesidades actuales, mas sin perder el encanto de la tradicional arquitectura popular andaluza. Asimismo, algunos nobles e históricos edificios, generalmente antiguos palacetes, se han incorporado a la planta hotelera del interior de la provincia tras haber sido acondicionados.
La naturaleza ha sido en extremo generosa con la provincia de Málaga, por lo que en este territorio pueden observarse los mayores contrastes: desde la depresión antequerana, con sus extensas y fértiles llanuras alrededor del bosque pétreo del Torcal, a los impactantes macizos montañosos de las Sierras de Tejeda y Almijara en la Axarquía, pasando por la legendaria serranía rondeña, con el valle del Genal y la Sierra de las Nieves como puntos de referencia, y por la inmensa huerta que es el valle del Guadalhorce a partir del prodigio natural del Desfiladero de los Gaitanes.
Ante un panorama semejante –en realidad cabría reseñar cien lugares más, tantos como municipios tiene la provincia- no es de extrañar que Málaga esté a la cabeza de Andalucía en turismo de interior, pues además, la mayoría de los pueblos están muy bien comunicados con las grandes vías que vertebran la provincia, lo que garantiza un rápido desplazamiento de cualquier lugar a la capital o a los municipios más importantes.